Prensa MPPC (30/0726).- El patio central de la Escuela Nacional de Artes Escénicas César Rengifo, utilizado de momento como campamento transitorio tras el terremoto que golpeó al país, mutó su habitual sonido infantil por un silencio concentrado y sanador. El motivo fue el taller de muñecas Abayomi, dictado por Berenice del Moral, directora de la Casona Cultural Aquiles Nazoa.

Una larga mesa dispuesta al aire libre, justo debajo de la generosa sombra de una mata de mango, fue el rincón fresco que sirvió de tregua ante el caluroso día caraqueño. Sobre la mesa no había agujas ni hilos; solo retazos de tela negra y tiras de licra de vivos colores destinados a la elaboración de estas piezas de tradición africana.
Mientras las manos de niñas, madres y abuelas se entrelazaban con las telas, Del Moral relató el origen de las Abayomi, que se remonta siglos atrás a los sótanos de los barcos negreros que transportaban personas esclavizadas desde África hacia América. Entonces, las madres africanas rasgaban los dobladillos de sus faldas para confeccionar, a base de dobleces y nudos, pequeñas figuras de trapo que servían de amuleto y juguete para el consuelo y la distracción de sus hijos.
Siete nudos y deseos para la vida
Definidas como “encuentro precioso” en la lengua yoruba, estas figuras de la esperanza no llevan ojos, ni nariz, ni boca. Esta ausencia deliberada de facciones permitía que cualquier infante de cualquier etnia africana se reconociera en ella.
La técnica, fácil y sencilla, consiste en tomar una tira negra a la cual se le aplican siete nudos que dan forma a la cabeza, las caderas, los pies, las manos y los hombros. Estos puntos representaban siete deseos que la madre entregaba a su hijo para infundirle inteligencia, buen corazón, fuerza, agilidad y otras cualidades. De este modo, las mujeres africanas les transmitían el valor de la resistencia ante las adversidades.
Ese mismo sentimiento resonó con fuerza entre los refugiados del campamento. Para ellos, el acto de rasgar, las acciones de anudar la tela y de pedir deseos se convirtieron en una catarsis colectiva a favor de su propia reconstrucción emocional.
El ejemplo de Mairú
El taller tocó vidas como la de Mairú Solórzano, pedicurista de oficio. Hace un mes, Solórzano permanecía en una carpa a las afueras del campamento junto a su madre y su hijo, renuente a ingresar a las instalaciones de este espacio transitorio, aferrada al anhelo de cuidar su hogar, ya inhabitable. Sin embargo, aceptó el ingreso tras una conversación directa con el propio ministro del Poder Popular para la Cultura, Raúl Cazal, quien solicitó su traslado en procura de la salud y el bienestar de su familia.
Solórzano entró a la actividad con cierta apatía; la experiencia bajo la mata de mango cambió su perspectiva. Conmovida por la dinámica, elaboró dos muñecas y se comprometió a buscar más retazos para confeccionar figuras destinadas a otros compañeros que también enfrentan severos daños o la pérdida de su vivienda.

Esta idea de solidaridad coincide con un vuelco positivo en su reciente experiencia. Hace apenas dos días recibió la gran noticia de que le asignarán un local para que ofrezca servicios de masajes terapéuticos, pedicura, peluquería y barbería a la comunidad afectada y a clientes externos. Mairú veía este sueño lejano, pero hoy, aferrada a sus muñecas, conversó ilusionada y pidió más deseos para su futuro emprendimiento.
Así como Mairú, otros grupos familiares hicieron su respectivo desfile por la mesa de las muñecas Abayomi para sumarse a la confección. Al finalizar la tarde, el ambiente en el campamento César Rengifo se percibía distinto. La jornada dejó en claro que, tal como ocurrió en los barcos del pasado, el arte popular sigue en pie como el refugio más seguro cuando todo lo demás se derrumba. Quedó ratificado así que la esperanza no se quiebra con un terremoto.
Texto: Marielis Castillo
Fotos: Nathael Ramírez

