Prensa MPPC (03/06/2026).- El pueblo siempre vence al mal cuando vuelve a sus tradiciones. Una de las expresiones que mejor demuestra esta afirmación es la tradición de los Diablos Danzantes de Corpus Christi, celebrada en diferentes comunidades de Venezuela. Sociedades y cofradías organizan la festividad en la que, a través de la artesanía del vestuario y el arte popular de la danza y la música, se rinde culto al Santísimo Sacramento desde una fe religiosa, pero también desde la cultura ancestral del país.
Este ritual tiene lugar el noveno jueves tras el Jueves Santo. Su víspera se inicia el miércoles y dura tres días continuos. Según el calendario de este año, se celebra este 4 de junio, y requiere meses de preparación en cada comunidad.
Los Diablos Danzantes de cada población, en las distintas regiones del país, conservan similitudes estéticas populares; sin embargo, en esas diferencias también están las características culturales que revelan su riqueza espiritual, trazada por un rumbo común.











Durante la peregrinación, los diablos son un grupo de seres imperfectos, juguetones y ruidosos que andan sueltos por las calles. Sin embargo, el pueblo controla esta fuerza en su representación y los hace rendirse de rodillas ante la imagen del Santísimo Sacramento en la iglesia de la comunidad, el cual recibe las peticiones de los devotos para solucionar sus problemas.
A través de 11 cofradías de distintas regiones del país, los Diablos Danzantes de Corpus Christi fueron declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) el 6 de diciembre de 2012. Este reconocimiento honró a creadores y devotos, ancianos, adultos y niños que mantienen “un fuerte sentimiento de identidad comunitaria y cultural”, como indica una reseña de este organismo de las Naciones Unidas.
Igualmente, cuentan con el apoyo institucional público, pues fueron reconocidos anteriormente por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), adscrito al Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través del primer Censo del Patrimonio Cultural Venezolano y en los Catálogos del Patrimonio Cultural Venezolano 2004-2008.






El ritual se conserva en las siguientes localidades: Cata, Cuyagua, Chuao, Ocumare de la Costa y Turiamo (sede en Maracay), estado Aragua; San Millán y Patanemo, estado Carabobo; Tinaquillo, estado Cojedes; San Rafael de Orituco, estado Guárico; San Francisco de Yare, estado Miranda, y Naiguatá, estado Vargas.
El Cuerpo de Cristo y la ancestralidad venezolana
El origen de los Diablos Danzantes se remonta al Corpus Christi (Cuerpo de Cristo), que celebra la presencia real de Cristo en la eucaristía. Este dogma de fe, basado en la transustanciación, fue oficializado por la Iglesia Católica mediante el Concilio de Letrán en 1215 e instituido para su celebración cada noveno jueves tras el Jueves Santo por el Papa Urbano IV en 1264.
Se tiene conocimiento de que en el siglo XIV se festejó en España, lo que configuró el contexto que contribuyó a introducir posteriormente esta celebración a América durante el proceso de colonización.
“La rapidez con la que se asumió la festividad del Corpus Christi en Europa, así como en la América Hispana, posiblemente se deba a que, al no referir a ningún episodio especial de la vida de Cristo, tiene un amplio marco de adaptación que abre la posibilidad de resignificarla con creencias, símbolos y dioses de otras culturas. Incluso, el hecho de que la fecha sea móvil favorece su inserción en los rituales prehispánicos correspondientes a esta época del año”, señala un documento del Registro del Patrimonio Cultural Inmaterial del IPC.
Se tiene documentado que las primeras celebraciones del Corpus Christi en Venezuela tuvieron lugar en la ciudad de Coro, estado Falcón, en 1582, y en Caracas en 1590, hasta expandirse por todo el territorio nacional.
Aunque con la excusa de la evangelización los colonizadores se imponían con violencia para someter y exterminar a las comunidades y sus culturas ancestrales, los pueblos, desde el sincretismo, expresaron su amor por la tradición. Por ello, el ritual católico está tallado por una narrativa oral, visual, musical y dancística que expone la cultura propia del territorio donde se lleva a cabo esta manifestación.
La diversidad cultural de esta ceremonia se debe a que los esclavizados, obreros y otros sujetos que hacían vida en las haciendas de explotación de caña de azúcar, café, cacao y añil, provenían tanto de los pueblos originarios del país como de Europa y África. Del mestizaje nació esta manifestación colectiva.
Los autodenominados “promeseros” se reunieron en cofradías entre los siglos XVII y XIX para realizar anualmente el ritual, manteniendo hasta la actualidad los principios y jerarquías de entonces.
Hoy, la tradición pervive con la celebración de misas, la construcción de altares y procesiones. Los diablos danzantes se protegen del mal portando cruces y amuletos.







Colorido visual y musical
Existe una amplia variedad de formas y tamaños de las máscaras de los diablos, no solo respecto a las distintas poblaciones que tienen sus características particulares, sino también dentro de los mismos grupos locales. Son elaboradas de manera artesanal con distintos materiales.
Todas llevan cuernos, y mientras más tengan, mayor es la jerarquía que se tiene dentro de la hermandad. Ese es uno de los rasgos más distintivos que revela su rango.
El pantalón, la camisa y la capa sobresalen por su colorido, a excepción, por ejemplo, de los diablos en San Francisco de Yare, donde el color rojo es el protagonista.
La música instrumental acompaña el ritmo de la danza, por lo que es reiterativa, y generalmente cuenta con el cuatro, las maracas, el redoblante y la caja, pero esto también dependerá de la región y sus caracteres musicales.
En vísperas de Corpus Christi se realizan velorios con cantos de fulía que funcionan como salutación al Santísimo Sacramento, una de las formas en que creyentes y danzantes cumplen lo prometido.
Así, esta manifestación cruza la creatividad artesanal, el saber, la magia ancestral y la fe, para crear un ritual en donde el bien siempre triunfa en Venezuela.













Texto: Stiven Rodríguez Volcán
Fotos: Mónica Sánchez/ Roiner Ross/ Edys Glod/Jesús Vargas

