El Tamunangue resuena con fuerza ancestral ante San Antonio de Padua

Prensa MPPC (12/06/2026).- El entrechoque de los garrotes de madera de los tamunangueros no es un conflicto entre hermanos; es la fuerza manifiesta de las culturas y creencias ancestrales que rodean la celebración en honor a San Antonio de Padua en Venezuela.

Cada 12 y 13 de junio se celebra esta tradición. La devoción a San Antonio a través de la manifestación del Tamunangue o Sones de Negro es originaria del estado Lara, específicamente de localidades como El Tocuyo, Curarigua, Sanare, Barquisimeto, San Antonio, Carora, San Miguel y Quíbor, aunque igualmente se extiende a otras entidades como Portuguesa, Yaracuy y Falcón.

Aparte de la fiesta tradicional, el país honra a San Antonio (Lisboa, Portugal, 15 de agosto de 1195 – Padua, Italia, 13 de junio de 1231) con solemnes misas, procesiones y el reparto de panes benditos. Los fieles, congregados colectivamente, cumplen promesas por favores de salud, amor u objetos perdidos, adornando altares y vistiendo trajes en agradecimiento al santo. Se trata de uno de los santos más venerados de la Iglesia Católica.

La fecha marca la festividad católica. Sin embargo, el día 12, en la noche de la víspera, el pueblo realiza el Velorio del Santo. Frente a un altar rodeado de flores, los devotos se pronuncian con la Salve, rezan oraciones y ofrecen cantos que suenan hasta que aparecen las primeras luces del amanecer.

Tras ser concluida la misa, el día 13 es bienvenido con un estallido de alegría: el repique de campanas y los fuegos artificiales anuncian el instante oportuno de sacar la imagen del santo de la iglesia sobre los hombros de los fieles, para que reciba los Sones de Negro.

En 2024 el Estado venezolano presentó el expediente de postulación de esta manifestación ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) para que sea incluida en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Por otro lado, el Tamunangue fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 2014, al ser una expresión venezolana de gran trascendencia que exhibe la espiritualidad nacional.

Origen en la resistencia cultural

Todo tiene lugar aproximadamente hace más de 300 años. Esta expresión tradicional nació en El Tocuyo y se extendió a comunidades de Lara y algunas partes del territorio nacional.

Testimonios de los pueblos relatan que los esclavizados que trabajaban en las haciendas, mujeres y hombres que aún mantenían la cultura africana, ofrendaron sus rituales a la imagen de San Antonio de Padua para conservarlos, frente a la dominación de la iglesia que pretendió borrar la memoria ancestral.

Igualmente, según investigaciones académicas, el Tamunangue tenía un sentido agrario, ya que era un ritual de agradecimiento por las lluvias que propician la fertilidad de las cosechas.

De esta manera se fusionan las tradiciones y se convierten en un acto de resistencia con un profundo significado histórico y riqueza espiritual. Asimismo, la expresión incorpora elementos de los indígenas jirajaras y de la tradición hispana.

De la batalla a la alegría en los sones

El Tamunangue se despliega como un rico conjunto de sones cuyos bailes, pasos, música y teatralidad que transmiten la devoción y la cultura alegre y de resistencia del pueblo.

Los tamunangueros tienen que cumplir con un ritual: caminar hacia el altar, recoger las varas que están allí situadas, hacer una reverencia ante la divinidad, hacer la señal de la cruz y comenzar la danza. Al terminar, deben pasar las varas a los siguientes bailarines.

La primera parte se llama La Batalla, durante la cual un dúo de hombres simula una lucha con garrotes de madera que también simboliza la fertilidad, abriendo paso a la procesión.

Al regresar el santo al altar provisional, arranca el baile formal de los siete sones en parejas por turnos. Sigue La Bella, un son libre de giros sobrios, elegantes y pícaros coqueteo. En el Yiyivamos, el hombre persigue a la mujer abriendo sus brazos como alas mientras ella lo enfrenta. Posteriormente, La Juruminga mantiene la fluidez con pasos similares de galanteo libre.

El humor llega con El Poco a Poco: el hombre finge calambres y la mujer lo auxilia, hasta que el ritmo de la guabina (integrado en este son) lo reanima; luego, él simula ser un caballito al que ella intenta dominar y montar.

La alegría continúa en La Perrendenga, donde usan varas sutilmente para dibujar círculos en el aire. En El Galerón, las parejas bajan juntas o alternadas con zapateados y valseados, para culminar con la complejidad del Seis Figuriao, donde se presentan de tres a seis parejas que danzan de manera simultánea.

Cabe destacar que, según la región donde se realice, los Sones de Negro presentan ciertas alteraciones en su secuencia sin modificar su esencia y tradición.

Invocación, vestuario y música tradicional

El Tamunangue, con su humor y riqueza de arte popular, simboliza a las parejas y la interacción entre ellas; sin embargo, es una expresión para invocar a San Antonio. Los devotos hacen pedidos, por ejemplo, por motivos de salud y para el encuentro de buenas parejas.

Durante el baile de esta festividad, quienes participan por promesa visten trajes típicos: los hombres suelen usar camisas sencillas o liquiliqui y sombrero de cogollo o de otro estilo tradicional de la región; mientras tanto, las mujeres lucen faldas largas y floreadas, blusas escotadas de faralaos con los hombros descubiertos, alpargatas y flores en el cabello.

El conjunto musical que acompaña al baile está conformado generalmente por cuatro, cinco, medio cinco y tiple, además del tambor tipo cumaco y las maracas. Los cantos, interpretados por los propios músicos, contienen improvisaciones y sus letras suelen referir a tiempos remotos y a la espiritualidad de los pueblos.

Texto: Stiven Rodríguez Volcán
Fotos: Roiner Ross

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