El pulso de la memoria: joyas invaluables del patrimonio audiovisual venezolano

Prensa MPPC (27/10/2026).— Cada 27 de octubre se conmemora el Día Mundial del Patrimonio Audiovisual, una fecha que adquiere un profundo significado para la nación al consagrar el esfuerzo sostenido por rescatar, preservar y difundir los registros sonoros y cinematográficos que edifican nuestra identidad.

Lejos de constituir piezas estáticas de archivo, las joyas que componen el acervo audiovisual venezolano representan el testimonio vivo de las luchas, transformaciones y expresiones estéticas del pueblo a lo largo de su historia.

El trayecto fundacional del cine nacional encuentra sus cimientos a finales del siglo XIX, cuando en enero de 1897 se realizaron en Maracaibo las primeras proyecciones atribuibles a los hermanos Trujillo Durán con los cortometrajes «Un célebre especialista sacando muelas en el hotel Europa» y «Muchachas bañándose en la laguna de Maracaibo».

Este impulso inicial dio paso, en las primeras décadas del siglo XX, a obras del cine silente como «Los milagros de la Divina Pastora» (1928), de Amábilis Cordero, y a la llegada del cine sonoro con «La Venus de Nácar» (1932), de Efraín Gómez.

Con la consolidación de la producción nacional a mediados del siglo XX, emergieron títulos clave en la narrativa urbana y social del país. En 1950, el realizador César Enríquez estrenó «La escalinata», una obra fundamental del neorrealismo venezolano que capturó los contrastes de la Caracas de la época y sentó un precedente en la representación cinematográfica de las comunidades populares.

Esa búsqueda de retrato social alcanzó una expresión cumbre de la mano del maestro Román Chalbaud. Obras como «Caín adolescente» (1959), «La quema de Judas» (1974) y la emblemática «El pez que fuma» (1977) revolucionaron el lenguaje audiovisual del país al trasladar la dramaturgia teatral a la pantalla grande, ofreciendo una mirada humana, compleja y crítica sobre las dinámicas sociales del país.

A la par del cine de Chalbaud, el movimiento del Nuevo Cine Venezolano entre los años 70 y 80 redefinió el panorama estético. Realizadores como Clemente de la Cerda, con «Soy un delincuente» (1976), y Mauricio Wallerstein, con «Cuando quiero llorar no lloro» (1973), abordaron la realidad urbana con un estilo directo y realista.

La cinematografía venezolana ya venía de un importante auge internacional, a través de la sensibilidad documental de Margot Benacerraf expresada en «Araya» (1959), galardonada en el Festival de Cannes, así como con la obra de realizadoras de la talla de Fina Torres («Oriana», 1985) y Solveig Hoogesteijn («Manoa», 1981).

Garantizar la conservación de este patrimonio audiovisual ha exigido un trabajo sostenido entre el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de instancias como la Fundación Cinemateca Nacional, que diariamente trabaja en la divulgación de estos filmes en sus salas, y el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC).

Mediante la recuperación de negativos originales y la digitalización en alta definición y formato 4K, el Estado venezolano preserva estas obras fundamentales para la investigación, la formación y el disfrute de las presentes y futuras generaciones. Resguardar nuestro patrimonio audiovisual, así como toda expresión de nuestra memoria, es también preservar la identidad nacional.

T y F: Prensa MPPC

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