Prensa MPPC (17/08/2026).- Debe ser un hábito de familia eso en los Nazoa, lo de vislumbrar el alma extraordinaria que mueve la cotidianidad a través de sencillas palabras y de humor a borbotón, ese desparpajo que nos caracteriza y que, como milagro, nos permite vislumbrar lo irónicamente jocoso de la situación más terrible, o hacer crítica descarnada desde el relato taimadamente deslumbrado. Así como Aquiles veía luceros en la rueda de amoladora, su hermano Aníbal, periodista, poeta y humorista, tenía la virtud de retratar nuestro ser colectivo y arrancarnos una sonrisa, sin dejar de hacer denuncia y señalamiento.
No se puede esperar menos de una persona que afirmó haber “tenido una infancia pobre, pero jamás triste”. Obsequiado de nacimiento con ese optimismo genuino del que no teme perder, este caraqueño de El Guarataro inició estudios de Derecho en la Universidad Central de Venezuela (UCV) pero nunca los finalizó.
Lo que sí inició un jovencísimo Aníbal Nazoa fue un verdadero revuelo como creador humorístico por allá en 1946, cuando a sus 18 años fue miembro fundador del célebre semanario El morrocoy azul, al que siguió una serie de publicaciones jocosas y muy recordadas en Venezuela por su estilo fresco y desenfadado como Fantoches, El tocador de señoras, Dominguito, El fósforo, El infarto, El gallo pelón y Cascabel.
Ya en un estilo más serio –pero no tanto– publicó en el diario El Nacional la columna “Aquí hace calor”, la que le hizo famoso por convertirse en radiografía de nuestra idiosincrasia, y realizó otras colaboraciones en las revistas Élite, Momento y Semana.
Además de hacer reír y comentar, en más de una ocasión se vio a Aníbal Nazoa en aprietos por sus críticas. Pero con la misma podía elevar la idea de humanidad en poemas como Punto y raya, convertido en canción que recorrió Latinoamérica entera promoviendo reflexiones libertarias; o como erudito, a través de su muy escuchado programa radial La palabra diaria, donde hablaba del origen y uso de tantas palabras de nuestro idioma.
Aníbal Nazoa también encontró en la encomienda de elaborar una especie de “guía de orientación vocacional” la oportunidad de retratar el hecho social del trabajo a través de “Las artes y los oficios”: “Así nació este manojo de medulosos ensayos (…) no en el sentido corriente del término sino por lo mucho que tuvimos que exprimirnos la médula para producirlos, dada nuestra ignorancia del tema y de tantas otras cosas”.
Por su quehacer fue merecedor del Premio Nacional de Periodismo en 1969 y del Premio Municipal de Periodismo en 1975, entre otros galardones. Y así como existió, contento de vivir porque sí, se fue el 18 de agosto de 2001 por causas del corazón, consecuencia de una arritmia cardíaca congénita por la cual dijo haber “vivido sesenta años más de los previsto”.
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