100 años de Margot Benacerraf: La visión indomable que transformó el patrimonio audiovisual venezolano

Al cumplirse el centenario del nacimiento de su fundadora, la Cinemateca Nacional celebra en Caracas un seminario para analizar el impacto de la obra de la directora y gestora cultural. Como parte de esa labor, se ha dedicado también a difundir aspectos biográficos de Benacerraf en distintas plataformas comunicacionales. En esa tarea se inscribe esta semblanza

Prensa MPPC (14/08/2026).- El 14 de agosto de 1926, hace hoy 100 años, nace en Caracas la figura más influyente del patrimonio audiovisual venezolano: Margot Benacerraf, hija de inmigrantes marroquíes. Más que una cineasta consagrada, Benacerraf fue el pilar importante de la infraestructura de nuestra cinematografía y nos enseñó a cuidar la memoria viva del país.

Se graduó en 1947 en la primera promoción de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV), en una época en que seguir esos estudios ya era, de por sí, un desafío: su familia esperaba que se casara y formara un hogar. Poco después, su obra teatral Creciente le valió una beca en la New School for Social Research de Nueva York, bajo la tutela del director Erwin Piscator. Fue allí donde se enamoró irremediablemente del cine.

De la creación artística a la consagración en Araya

De vacaciones con su familia en París, convenció a sus padres de dejarla quedarse a estudiar en el prestigioso Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC), donde ser admitida ya era una proeza para una latinoamericana. Permaneció allí hasta 1951.

De regreso a Venezuela, Benacerraf debutó como directora en 1952 con el cortometraje documental “Reverón”, un retrato íntimo y narrativamente novedoso sobre el pintor de la luz, Armando Reverón, a quien encontró en pleno bloqueo creativo, sin pintar desde hacía dos años. La empatía entre ambos abrió paso al rodaje, y bastó con que Reverón mirara por primera vez a través del visor de la cámara para reconocer en ella algo familiar: “Es como la pintura.” La película le valió la participación en el I Festival Internacional de Documentales de Arte y una gira que la llevó a Berlín, Cannes, Edimburgo y Karlovy Vary. En ese recorrido, Pablo Picasso quedó tan maravillado con la cinta que le pidió a Margot rodar una película igual para él.

Su consagración definitiva llegaría con Araya (1959), obra que nació tras descubrir por casualidad una foto de las salinas en la portada de una revista. Fascinada por la potencia visual, viajó al lugar y decidió retratar la cotidianidad y el esfuerzo físico de los salineros, descartando actores profesionales para trabajar con los propios habitantes. En entrevista para el documental Madame Cinema (2018), de Jonathan Reverón, Benacerraf recordaría: “Araya es un canto, un amor declarado a Araya y a su gente.”

Sin gran presupuesto en su haber, desembarcó en el Festival de Cannes solo con su madre y la cinta en una lata bajo el brazo. Allí rompió todos los pronósticos al convertirse en la primera venezolana en la Selección Oficial y conquistar el Premio Internacional de la Crítica (FIPRESCI) junto a “Hiroshima Mon Amour”, de Alain Resnais. Pero el público venezolano tendría que esperar veinte años para verla: Araya no se estrenó en el país hasta 1977, con locución en español a cargo de José Ignacio Cabrujas. La acogida fue tal que, según contaba Margot, la película se mantuvo en cartelera con colas durante tres meses.

La creación de la Cinemateca Nacional y el legado institucional

Lejos de quedarse en Europa cosechando los frutos de la fama, Margot tomó la decisión de regresar al país para construir la casa de nuestro cine. Inspirada por su mentor Henri Langlois, el 4 de mayo de 1966 fundó la Cinemateca Nacional de Venezuela, templo pionero que dirigió por una década para salvar nuestro patrimonio audiovisual del olvido.

Durante casi una década al frente de la institución, consiguió establecer su emblemática sede como parte del Museo de Bellas Artes, impulsó una programación pionera que educó la mirada de generaciones y logró la filiación de Venezuela ante la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF), rescatando las primeras latas de celuloide que salvaron nuestro patrimonio audiovisual para futuras generaciones.

El refugio eterno de nuestra memoria

Su visión transformadora no se detuvo allí. En 1992 lideró, junto a Gabriel García Márquez —a quien había conocido años antes y con quien estuvo cerca de dirigir la adaptación de La cándida Eréndira y su abuela desalmada—, el nacimiento de Fundavisual Latina. En 1995 recibió el Premio Nacional de Cine, y en 2012 impulsó la Video-Cinemateca Margot Benacerraf en la UCV. Fue distinguida además con la Orden de las Artes y las Letras de Francia y la Medalla de Honor de la UCV. Araya, por su parte, fue completamente restaurada en 2009 por su distribuidor internacional, un trabajo que le devolvió al mundo la nitidez de su imagen original.

Margot dejó nuestro plano terrenal en Caracas el 29 de mayo de 2024, a los 97 años, trabajando con la misma pasión y lucidez hasta casi su último día. Como ella misma resumió alguna vez su propia vida: “No había forma de que yo tuviera una vida gris (…) Pude haberme casado con algún señor muy honorable que le gustara a mis padres, y vivir una vida de dama de sociedad muy acomodada. Era fácil, ¿no? Pero esa vida no era para mí.”

Su obra fundamental mostró que el cine venezolano no era un arte fugaz, sino la memoria viva de nuestra identidad.

T y F: Cinemateca Nacional

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