El canto y la poesía de Luis Mariano Rivera siguen floreciendo a 120 años de su nacimiento

Prensa MPPC (18/08/26).- Hay canciones que evocan la vida oriental, su flora y su fauna: desde los araguaneyes, las blancas azucenas y las esbeltas palmeras, hasta frutos como las cerecitas. Nos hablan de sus hermosas criaturas, desde las aves hasta el caracol popularmente conocido como Guácara, sin olvidar la chispa del humor y los relatos de su gente. Un grupo significativo de esas composiciones, sin duda, brotó de la inspiración de Luis Mariano Rivera, un poeta y cantor popular que este año cumple 120 años de haber nacido para contemplar la belleza de su pueblo.

Grandes intérpretes venezolanos han transmitido el acervo musical de Rivera, por mencionar a Gualberto Ibarreto, Simón Díaz, Jesús Sevillano, Cecilia Todd y Lilia Vera, así como agrupaciones del talante de Serenata Guayanesa y Un Solo Pueblo.

De esta manera, sus versos y su música, nacidos del amor por su tierra y de la cultura de su gente, trascendieron en el tiempo porque, como lo expresó el propio Rivera en una conversación con Simón Díaz, cuando se crea con amor todo lo demás surge por la belleza de la intención.

La casita de infancia que acunó su poético ensueño

Rivera nació el 19 de agosto de 1906 en una casita, como solía llamarla el poeta, escondida en el valle de Canchunchú, estado Sucre. Nació de la unión entre Antonio Font Russián, un hacendado mantuano, y María Rivera, una humilde campesina, en una modesta vivienda que su padre construyó para ella. Perdió a su madre cuando era muy pequeño, por lo que creció labrando la tierra en labores de subsistencia.

Ese contacto temprano con el campo moldeó su espíritu sensible, convirtiendo la rudeza de la vida rural y los detalles cotidianos del entorno en la esencia misma de su obra poética.

Entre la formalidad y la vida campestre

Aunque solo completó su educación formal hasta el tercer grado de primaria, decidió retomar sus estudios casi cuatro décadas después. A los 38 años, tras ser corregido por un joven al cometer una falta ortográfica —había escrito “depocito de yelo” en lugar de “depósito de hielo”, cuenta la anécdota—, se formó nuevamente, impulsado por la determinación de dominar plenamente la lectura y la escritura.

Aproximadamente una década más tarde, fortalecido por el dominio de las letras y guiado por la sabiduría adquirida en el campo, floreció en él la inspiración creativa.

Es importante destacar que en la música no tuvo formación académica, sino que creció en un ambiente rodeado de sabios intérpretes populares. Acompañado por su cuatro, Rivera aprendió desde niño escuchando y observando a los cultores de la tradición oriental.

Canciones con identidad

Las composiciones de Rivera no solo han trascendido por la belleza de sus melodías y ritmos inolvidables, sino también porque su poesía refleja de forma transparente la identidad de su pueblo. Ejemplo de ello son temas como “El sancocho”, donde describe la cultura gastronómica local, o “Cerecita” y “El mango”, que rinden homenaje a los frutos de su tierra.

Asimismo, retrató la idiosincrasia de su gente en la figura entrañable de “La viejita Ramona”, y visibilizó la herencia afrodescendiente en piezas como “Foriforifo” y “A mi negra compañera”. Por su parte, “Canchunchú florido”, una canción con estructura de aguinaldo, se convirtió en la declaración de amor más profunda hacia su terruño, que la consagra como un himno de proyección no solo regional, sino nacional.

El cantor sucrense Gualberto Ibarreto ha sido el principal difusor de la obra de Rivera, al punto de volver inseparable la poética del maestro con su voz profunda, robusta y melodiosa. Esta simbiosis quedó inmortalizada principalmente en sus primeros álbumes, “Gualberto Ibarreto” (1975) y “El cantor de la voz del pueblo” (1975).

Reconocimientos

Rivera, quien falleció el 15 de marzo de 2002 en Carúpano, estado Sucre, fue objeto de múltiples distinciones académicas e institucionales a lo largo de su vida. Recibió el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad Experimental de Guayana y la distinción de Profesor Honorario por la Universidad de Oriente, el Instituto Universitario Tecnológico Jacinto Navarro Vallenilla y el Colegio Universitario de Carúpano. A estos honores se suman el Premio Nacional de la Cultura Popular en 1991, la Orden José Félix Ribas, concedida por la Universidad Central de Venezuela, y las órdenes Francisco de Miranda, Andrés Bello y Antonio José de Sucre, todas en su primera clase y otorgadas por la presidencia de la República, además de otras distinciones.

Su legado ha quedado plasmado de forma permanente en obras de infraestructura, instituciones de educación superior y expresiones artísticas. En su honor llevan su nombre el Teatro Luis Mariano Rivera, en la ciudad de Cumaná, y la Universidad Politécnica Territorial de Paria Luis Mariano Rivera, en Carúpano.

Asimismo, su trayectoria e impacto cultural sirvieron de inspiración para la creación de composiciones dedicadas a su figura, como “La canción de Luis Mariano”, de Alí Primera, y el trabajo de investigación sobre la vida y obra de Rivera, titulado “Poeta y cantor de Canchunchú”, de Rafael Salazar.

T: Stiven Rodríguez Volcán
F: Archivo

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