Prensa MPPC (13/08/2026).- Margot Benacerraf buscó un propósito poético en su obra como directora de cine y gestora: facilitar el acceso a la experiencia artística y a la memoria, tanto venezolana como universal. A 100 años de su natalicio, su visión permanece viva tanto en la cinematografía que legó al mundo como en la infraestructura cultural que ayudó a construir en el país.

Este año, el de su centenario, coincide con los 60 años de la fundación de la Cinemateca Nacional de Venezuela, institución creada por la propia Benacerraf para exhibir, conservar, restaurar y archivar el patrimonio audiovisual. La misma institución que se consolidó como el principal espacio dedicado a la preservación de la memoria fílmica venezolana.
“Reverón” (1952) y “Araya” (1959), sus dos únicas películas, son piezas fundamentales del séptimo arte venezolano. Aunque catalogadas como documentales, la llamada “Dama del cine venezolano” manifestó en reiteradas ocasiones que ambos títulos respondían a una mirada personal y poética de la vida humana, por lo que nunca se dejó limitar por las etiquetas de los géneros cinematográficos.
En Venezuela se celebra su nacimiento para resaltar un legado que nos acompaña en cada encuentro frente a la gran pantalla.
Primero fue la escritura
Nació el 14 de agosto de 1926 en Caracas y realizó sus estudios secundarios en el histórico Liceo Andrés Bello. Allí se destacó desde temprana edad por su vocación intelectual y su talento para la escritura, al ganar en 1944 un concurso escolar del Ministerio de Educación con un ensayo sobre el ideal panamericano de Simón Bolívar.
Posteriormente, ingresó a la Universidad Central de Venezuela para cursar Filosofía y Letras, al tiempo que cultivaba su talento dramatúrgico. Su obra titulada “Creciente” le valió obtener un premio de dramaturgia en la Universidad de Columbia y una beca para estudiar en Nueva York en 1949.

Fue allí donde conoció al célebre director de teatro alemán Erwin Piscator, quien, al constatar su desbordante intuición visual, le aconsejó dedicarse de lleno al cine.
Siguiendo ese consejo, viajó a Francia y se graduó en el prestigioso Instituto de Altos Estudios Cinematográficos de París, puliendo el rigor técnico y narrativo que caracterizaría sus películas.
“Reverón”: dos genios juntos
Su primera obra, “Reverón”, trascendió la mera historia biográfica para convertirse en un viaje lírico al universo del “Pintor de la luz”, Armando Reverón, a quien conoció personalmente visitando El Castillete de Macuto, en La Guaira.
A pesar de no tener ninguna experiencia en la realización cinematográfica, Benacerraf realizó una ópera prima que exploró la vida interior del artista plástico, observando cómo pintaba el deslumbrante blanco tropical y capturando en penumbras el misterio de sus muñecas de trapo. Así, logró una pieza fundamental que fue galardonada en el Primer Festival Internacional de Películas de Arte (1952) y por la Prensa Cinematográfica Venezolana (1953).

Cabe destacar que el propio Reverón fue espectador del filme que lo retrató. Sin embargo, según Benacerraf, el artista consideraba la obra incompleta porque faltaba una escena que llegaron a dramatizar a las 3:00 de la madrugada: la propia directora, disfrazada de cura, perdonando los pecados de sus muñecas. Aunque este episodio no quedó grabado en video, se conserva un registro fotográfico de la escena.
“Araya” y la dignidad de los salineros
Luego de escribir un primer guion de “Casas muertas” en colaboración con el propio autor de la novela, Miguel Otero Silva, y tras una pausa en el proyecto cinematográfico porque el novelista aún se encontraba escribiendo su próxima obra, “Oficina N.º 1”, la directora no detuvo su pasión y buscó otro proyecto: ideó “Tríptico de Navidad”, que debía transcurrir durante esta estación del año en los Andes, el llano y la costa.
La creadora buscaba dónde ambientar el relato perteneciente a la costa; no quería algo común. En un encuentro amistoso en la casa de Arturo Uslar Pietri, descubrió aquello que no se borraría de su memoria: una fotografía perteneciente a la revista Élite de un montículo de sal, ubicado en Araya, península del estado Sucre.

Así se originó el largometraje “Araya”, que atrapó la luz inclemente del paisaje y la infinita dignidad de los salineros (trabajadores encargados de retirar y producir la sal a mano). Pero también al Castillo de Araya, que la cautivó hasta hacerla reflexionar sobre la historia de América Latina y la extracción de sus riquezas. Acompañada por un texto poético escrito junto a Pierre Seghers e interpretado en español por la inolvidable voz de José Ignacio Cabrujas, la cinta rompió los moldes del género documental.
El año en que filmó esta obra fue el último en que los salineros trabajaron de manera artesanal, pues durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez se firmó un convenio con una empresa francesa para mecanizar la extracción de sal. De esta forma, aquel mundo que estaba por desaparecer quedó inmortalizado en su película.
Con “Araya” ganó el Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cannes de 1959, compartido con “Hiroshima Mon Amour”, de Alain Resnais, inscribiendo el nombre de Venezuela en la historia del cine mundial.
La Cinemateca y el trabajo cultural
Tras su estadía en Francia, regresó a Venezuela atendiendo el llamado de intelectuales como Mariano Picón Salas y Miguel Otero Silva. Con lo que ella llamaba humorísticamente “Operación Rescate Margot”, Benacerraf se sumó al reimpulso del desarrollo cultural del país.
El 4 de mayo de 1966 se inauguró la Cinemateca Nacional, ubicando su primera sala en el Museo de Bellas Artes (MBA) como un espacio fundamental para resguardar, exhibir y difundir el cine nacional e internacional. Ese mismo día, la sala tuvo como primera proyección la película “Barbarroja” (1965), de Akira Kurosawa.
En 1991, creó la institución Fundavisual Latina, con el apoyo del escritor colombiano Gabriel García Márquez, para impulsar la integración cinematográfica de América Latina y el Caribe. Y en 1993 erige la Fundación Audiovisual Margot Benacerraf, dedicada a la difusión de cine del pasado y del presente.
Asimismo, fue laureada con diversas condecoraciones a nivel nacional, tales como la Orden Andrés Bello en su Segunda Clase (1974), el Premio Nacional de Cine (1995), la Medalla de Honor al Mérito Simón Bolívar (1995) y la Orden Francisco de Miranda en su Primera Clase (2018). En el ámbito internacional, fue distinguida con la Orden Bernardo O’Higgins de Chile (1996) y la Orden Nacional del Mérito de Francia (1998 y 2019), entre muchos otros reconocimientos.
Aunque dejó de dirigir largometrajes, Benacerraf demostró que jamás se alejó del cine. Hasta su fallecimiento, el 29 de mayo de 2024, a los 97 años de edad, se entregó con devoción absoluta como promotora e investigadora cultural para impulsar el séptimo arte, especialmente en Venezuela.
Texto: Stiven Rodríguez Volcán
Fotos: Cortesía

